El baile de la Victoria

Cuando era pequeña recuerdo haber visto en televisión un ciclo de cine en el que descubrí, no sin cierto asombro, que en Argentina sólo había un actor… A ver, tenían dos, pero al otro, Alterio, lo habíamos secuestrado hacía tiempo – para evitar que los psicópatas de la Triple A lo hicieran de verdad, que todo hay que decirlo – y al que tuvo tan feliz ocurrencia no pidió ni rescate ni nada, no fuera a ser que pensaran que al terminar la dictadura se lo íbamos a devolver ¡já! En la actualidad ese único actor, Lupi, sigue activo y genial y hay más actores argentinos secuestrados tanto a ratos y a tiempo completo pero al igual que Lupi hay uno que se nos resiste al secuestro definitivo, aunque se deja tentar con coproducciones y algún día picará, o no, ya veremos.

Conocí a Darín, como imagino la mayoría de la gente de este lado del charco donde decimos At-lán-ti-co, en Nueve Reinas y caí rendida a sus pies, me enamoré en El hijo de la novia tanto como le detesté en El mismo amor, la misma lluvia y se me pasó el enfado con Kamchatka.

Esta noche he visto por fin El baile de la Victoria, que casi me la pierdo y no sé si hubiera sido una buena noticia… en serio, no lo sé. Es una película que prometía mucho – qué esperar sino de la combinación Trueba-Darín – pero que sólo nos da la mitad de lo esperado; Darín se sale pero la película es ñoña hasta el punto de que él, y sólo él, ha conseguido evitar que me levantara de la butaca para buscar unas quinientas dosis de insulina.

Ventura Grey – Darín – es un reventador de cajas fuertes que sale de la cárcel al mismo tiempo que un soñador veinteañero abofeteable hasta la muerte llamado Ángel. El abofeteable es taaaaaaaaaan mono que se enamora perdidamente de una bailarina mudita del arroyo que si no es abofeteable es sólo porque sus taras mentales tienen que ver con la desaparición de sus padres a manos de los milicos. El abofeteable quiere dar el golpe definitivo y para ello necesita la ayuda de Darín, que sólo quiere recuperar su vida y se hace el sueco hasta que ve el amor que siente el abofeteable por la mudita y siente que la única manera de que no cometa sus mismos errores es ayudarlo… y total, no tiene nada que perder.

Resumiendo, cada escena en la que aparece el gesto triste de Darín merece la pena, incluso si la comparte con el abofeteable, cuando no está se le echa de menos, mucho. Una película para ver en televisión cuando la pongan en Versión española rodeados de galletitas saladas, palomitas, patatas fritas y nada de azúcar, que ya lo pone – de más – el resto del reparto.

No dejo de preguntarme si Darín habrá leído el resto del guión o sólo su parte…

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Una respuesta a “El baile de la Victoria

  1. Vaya, qué desilusión, con lo que me llamaba

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