Empiezo confesándome musicalmente inculta; no entiendo un carajo de música, no distingo estilos, no tengo oído ni memoria para lo que me gusta y aunque escucho lo que sea soy difícil de entusiasmar (¡toma piropos!); para más inri – y odio vecinal – cuando algo me gusta enloquezco por completo y puedo escucharlo durante eones y así le va a la industria conmigo… Soy alguien que paga religiosamente todo lo que escucha pero se compra tres discos al año…
El otro día estuve en un concierto y me enamoré profundamente de unos músicos geniales y una voz femenina que encima tuvieron el detallazo de tocar temas que conocía así que no me quedó otra que correr a casa y comprarlo. Sí, en casa vía itunes, que si no, por si lo dicho antes fuera poco 2012 jijiji, tengo la pésima costumbre de desemparejar las cajas de sus discos como si fueran calcetines. Y con este disco ha nacido mi nueva obsesión, para darle un descanso a sus predecesores y se trata, como reza el título de la entrada del último disco de Larry Martin Band, One day I’ll fly away.
Mi confesión inicial no la he escrito, aunque pudiera parecerlo, para que se piense que soy idiota – que una tiene la autoestima por las nubes – sino para que se entienda que no sea capaz de describir lo sublime que es este genial monumento al jazz, porque este tipo de música no puede, ni debe, ser objeto de sesuda disertación, la mejor forma de venderla es escuchándola. Disfruten:
Además, para mayor alegría, van a tocar gratis el próximo 23 de diciembre en la sala Junco (de la que ya se habló por estos lares en su día) Y, con la mano en el fuego, aseguro por Lars Von Trier que el directo es aún mejor que el disco.




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